Agonía. Leyenda del Abad de Alquézar

Toque de campana cuando agoniza una persona.

Leyenda del Abad de Alquézar

Mi
nombre es Casimiro Casalera, maestro campanero. De los últimos que
quedan, pues cada vez más curas van reduciendo el bello lenguaje de las
campanas a cuatro o cinco toques. No comprenden que la música de las
campanas sirve para algo más que para anunciar misas o desastres.
Durante muchos años, las campanas combatieron las heladas, las
tormentas, las sequías; despertaron cosechas; atrajeron lluvias;
alejaron a las brujas y, en fin, hicieron sonreir al Padre Dios. Pero no
voy a seguir con estas disquisiciones. Hace ya tiempo que sólo puedo
hablar de una campana. Escucho su tañido tanto en vigilia como en el
sueño, y hasta el roce de las hojas de los árboles removidas por el
viento me recuerda aquel fantasmagórico son. Sí, se trata de eso: de
fantasmas, de espíritus, oh, Dios mío, de almas en pena…

Era yo
muy joven. Trabajaba como aprendiz junto al Campanero de Sijena. Llegó a
oidos de mi maestro que andaban buscando a alguien para tocar en la
Abadía de Santa María de Alquézar. Hacia esa Villa me encaminó. Nada más
llegar, subí a ver al Abad. Un hombre normal, ni muy viejo ni muy
joven, muy delgado, eso sí, y con una mirada sombría y triste. Apenas
habló conmigo. Me aconsejó una casa de huéspedes, me adelantó el sueldo
de una semana y me dejó junto a la puerta de la Torre del Campanario.
Sólo me dijo:
-Después de la primera noche, hablaremos despacio.
Nada
me indicó de horarios de misas, ni de toques, ni de oraciones; y ningún
encargo me hizo. En aquel momento, ante mi primer trabajo de
responsabilidad, y llevado por mi inconsciente juventud, sólo me movía
una urgencia. Las campanas, para nosotros, son como seres vivos. Mi
maestro me había enseñado a quererlas, por no decir a amarlas. A
llamarlas por su nombre, siempre de mujer. Yo estaba impaciente por
conocer la campana principal de la Abadía, a buen seguro de nombre Santa
María. Y no me preocupé de más. A punto de abrir la portezuela para
subir al campanario, una vieja se acercó a mí.
-Hijo, -susurró- aléjate de la campana encantada. No gusta de manos humanas vivas.
Y
desapareció entre las sombras de una capilla lateral. Yo había oído
muchas leyendas sobre campanas que tocan sólas y cosas así. En realidad,
las campanas siempre han tenido que ver con lo sobrenatural y lo
misterioso. Mi maestro de Sijena decía que nacieron con el sólo fin de
alejar a los malos espíritus, así que sonreí para mis adentros, encendí
un cirio, y comencé a subir las escaleras.
En apenas una hora,
pensaba, podría estrenarme con el toque de la medianoche, ese al que en
algunos sitios llaman el del Alma Perdida, que sirve de aviso para
rezagados y de ayuda para quienes se demoran extraviados por los
caminos. Nada en contra habíame dicho el Abad, y así podría yo caer con
buen pie en tan excelente lugar. Faltaba como una hora hora, según digo,
pero sin embargo, mi asombro no tuvo límite cuando una compana empezó a
sonar. Debía ser una campana descomunal, a juzgar por el estruendo que
allí se oía. No, desde luego, no era un cimbalico empujado por el
viento, era la mismísima campana de la Agonía tocando a muertos.
Fue
mi primera reacción la de bajar a toda prisa, pero me contuve. Pudo más
la curiosidad que el pánico. Tenía que saber quién estaba tocando,
porque de seguro allí había alguien. ¿Sería un usurpador de mi puesto?
¿Acaso el anterior campanero despechado y vengativo? ¿O quizá el mismo
Abad poniendo a prueba mi arte y mi destreza? Dejé a un lado el recuerdo
de las supercherías de la vieja de la iglesia y subí, muy cauto, los
peldaños que me separaban del campanario. Justo al llegar a la vista de
la campana, volvió a sonar. ¡Nunca antes escuché un tañido más triste, y
al mismo tiempo tan desgarrador, tan violento! Y nunca después lo volví
a escuchar. Aquel se introdujo para siempre en mis desgraciados
tímpanos. Pero lo peor de todo es que allí no había nadie. Recuerdo que
la vela se me apagó, ¡y Dios no lo hubiera querido! Ante mí, lo juro por
los clavos del Cristo de Lecina, se me presentó una sombra más oscura
que la misma noche, un aletear de pesados hábitos rozó mi piel, y un
aliento helador y pestilente me estremeció. ¡Dios, cuán increíble es lo
que cuento… mas cuán real es el terror que desde aquella aciaga noche
atenaza mis entrañas…!

Esto es lo que oí entonces decir al
fantasma, y así lo escribo, y sirva el cercano final de mis días en esta
tierra como testigo de que lo que digo, verdad es:
-Fui en vida
Abad de aquesta santa Abadía consagrada a la Señora cuyo nombre no soy
digno pronunciar… Sacrifiqué los últimos años de mi cuerpo terrenal
con las más duras y espantosas penitencias… Mas mi alma ni tuvo, ni
tiene perdón. Porque mi pecado fue y no fue de carne, eternamente deberé
pagar… Surgió ante mí aquella sobrenatural belleza sin par, y aún me
pregunto por qué, ¿quién lo permitió? ¿por qué aquella aparición en mi
solitaria celda a turbar vino mis sentidos e hízome caer? Con el cuerpo
de una hada incorpórea hube de folgar en mi inconsciencia pecadora,
arrebatado de tan engañosos encantos, y ahora, y por siempre, y por los
siglos de los siglos, encontraré palabras a mi dolor en el badajo de
esta campana, y mi llanto arrepentido convertiráse en tañer de Oficio de
Difuntos…
Estas terroríficas palabras se quedaron grabadas en mi
alma, no sólo por lo que dijeron, sino por cómo fueron dichas. Llegaban
hasta mis oídos desde la sombra del fantasma como un lejano eco, y tras
cada frase, la campana tocaba una y otra vez… Hui de allí preso de
locura… Supe luego que esa noche murió el Abad con el que yo había
apenas hablado unas horas antes.

No he intervenido aún. He
querido dejar transcripto pura y fielmente el legajo que obra en mi
poder, rubricado por Casimiro Casalera. Luego he sabido por otros sabios
autores de la leyenda que pesa sobre la Colegiata de Santa Maria de
Alquézar.Dicen algunos que el Abad fue en vida un santo anacoreta que
vivía en el Santuario de la Virgen de Lecina; aseguran otros que su
apariencia es la de una figura casi de aire o de revuelo de ropas,
esquiva y fugaz tras las almenas de la colegiata…

Visitar
Alquézar en el Somontano de Barbastro ,buenos vinos ,música,bailes, y un
paisaje presioso, antes de llegar a los Pirineos.
ALQUEZAR

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